¿SABÍA QUE EXISTE LA TEORÍA DEL TIN?

Si tin tiene, tin vale, reza una teoría popular que ha llegado a enraizar en la mente de muchos. Y es que algunos valores esenciales para la vida en sociedad se han  resquebrajados y con más frecuencia encontramos personas para resulta más importante el tener que el ser. Así están los que exhiben sus celulares sin líneas y llegan a elegir a sus amistades según la ropa que visten o la solvencia económica que ostentan; tal vez, aleccionados por aquel viejo refrán que afirma que el que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija.

A veces, voy en una guagua y sonrío ante el comentario de la señora que no usa perfume si no es de marca o que solo se baña con determinado jabón. Parece que nacieron en cuna de oro y que ya olvidaron aquellos tiempos en que las marcas eran estándares inexistentes. Tampoco se trata de renegar de la calidad o valía de las diferentes líneas, pero sí debemos criticar la postura de aquellos que, las consumen, no solo por el beneficio que les reporta, sino porque simbólicamente los hace partícipes de un círculo de personas económicamente privilegiadas.

¿Qué decir entonces de la ostentación a puertas abiertas? De aquellos que no disimulan y andan con sus cadenas y pulsos y relojes y carteras; todos de último modelo.

Tal vez al cubano lo acompañe ese gusto por lo barroco y el querer enseñar viene por herencia de aquellos antepasados que compraban joyas y prendas a sus esposas para mantener el status de familias adineradas, aún cuando sus arcas estaban totalmente vacías. Pero también nos viene por historia la sencillez, el darlo todo, la humildad, porque fueron esos mismos criollos los que entregaron toda su fortuna para hacer de Cuba una Patria libre.

El tener es un privilegio permitido y el enseñar lo que se tiene también, solo que tanto adorno no puede enturbiar la sencillez, ni inculcar ese mirar desde arriba o ese cierto aire de superioridad que casi siempre molesta.

 Desearía que los padres cuidaran a sus hijos de tanta banalidad, sobre todo a los adolescentes, que son los más vulnerables ante la trampa de ese estilo de vida que algunas familias han asumido; esas trampas que enseñan a los más jóvenes a valorar como indispensables las cosas materiales.

Afortunadamente, predominan esos padres que enseñan a sus hijos los principios de la modestia y a privilegiar lo verdaderamente indispensable en la vida; lo invisible para los ojos, como nos decía el Pequeño Príncipe. Tal vez, porque nací en uno de esos hogares, conozco del empeño de una familia por criar a sus niños.

Pero no se puede decir que el dinero sea innecesario o que debamos vivir solo en el plano de lo espiritual; sería un pensamiento ilógico, descabellado. Soy de las que piensa que se debe tener para vivir y no vivir para tener; ya sea la mejor marca, el perfume más caro o el último grito de la moda.

Pena dan aquellos que aparentan ser lo que no son y admiración siento por el que aún teniendo, conservan la naturalidad y los sentimientos intactos.

No se trata de criticar la solvencia económica o las posibilidades materiales de aquellos afortunados. Tampoco de arremeter contra los que visten bien o usan prendas finas. Sin embargo, no concuerdo con las mentes superficiales, con las posturas epidérmicas, con quienes hacen cuentas antes de amar y también después.

Apuesto por la sencillez, por el comprar aquellas cosas porque son útiles. Entonces revisando aquella máxima popular puedo decir que soy de las que se queda con tin, tenga o no tenga, pero siempre que sea por amor. (Por Leslie Díaz Monserrat.)

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