Una tierra sin fuego

tierras_de_fuego1-580x383Si Félix B Caignet viviera, volvería a morirse de tan solo “disfrutar” algunas escenas de los últimos dramatizados de producción nacional. De su genio salieron historias como El Derecho de nacer  con la que mantuvo al país en vilo, envuelto  en los enredos pasionales típicos del género dramático. El padre de las telenovelas latinoamericanas nació en Cuba, trascendió por la calidad de sus libretos y todavía hoy, asombra por su audacia y creatividad.

Dicen que el hijo del gato caza ratón, pero la verdad es que haría falta una reencarnación de este periodista, escritor y actor para reanimar la producción de dramatizados en el país, sin ofender el trabajo de nadie.

Hace poco los televidentes sufrieron la transmisión de Santa María del Porvenir, dirigida por Rolando Chiang y escrita por Gerardo Fernández García. Experiencia traumática para la mayoría de los espectadores, esos que no simpatizaron con la mezcolanza de códigos audiovisuales que confluyeron en la propuesta. Después de esto, cualquier producto, por muy malo que sea, debe parecer mejor.

Con bombos y platillos anunciaron Tierras de Fuego, un dramatizado que retoma el tema de los campos cubanos desde otra perspectiva. De repente, pensé que en mi televisor se había colado una emisora extranjera con su flamante novela mexicana de horario estelar. Pero me confundí, se trataba de una propuesta cubana y de una calidad regular.

Ni siquiera sabemos copiar lo malo, me dije, pero me consolé con las tramas de Insensato Corazón, porque los brasileños, con sus desaciertos y virtudes, tienen la llave del culebrón y hacen propuestas diferentes, refrescantes…

Me parece bien su argumento y la vuelta a las historias campesinas. Aunque, pienso que el tema no se explotó lo suficiente, porque ¿cuántos desafíos vive una mujer al frente de una cooperativa? Sin embargo han reducido al mínimo los conflictos de Isabel (Laura Moras), quien se debate entre el amor prohibido y los convencionalismos de un matrimonio decadente.

¿Dónde está el coraje de esa joven que se enfrenta a los machismos y dirige a decena de campesinos? ¿Cómo podría mantener una relación matrimonial con un esposo que a la vez es su súbdito? Faltan estos matices y por tanto la trama pierde credibilidad y decae su ritmo.

Por otro lado está la relación del padre abandonado que crió a su hija adolescente. A pesar de la decorosa interpretación  del villaclareño Saúl Rojas (Manuel), le faltan colores a esa historia, la cual pudo ser mucho más interesante y compleja.

El guionista aludió al viejo truco de las familias en contraposición, pero la guerra entre las fincas no divide audiencias a favor de un bando u otro. Por su parte, los padres de Isabel mantienen unos celos añejos que mas bien producen risas.

Me gusta la forma de reflejar la campiña cubana, pues permite conocer a los guajiros de la actualidad, esos que gozan, por lo general, de un buen nivel de vida y están al tanto del último grito de las modas o las tecnologías. No critico el lujo de las casas, porque las telenovelas pueden darse el gusto de fantasear y no tienen por qué asumir una reproducción mimética de la realidad.

Esta telenovela, bajo la dirección general de  Miguel Sosa (El eco de las piedras y La Atenea está en San Miguel),  aborda un tema interesante, pero se queda por debajo de lo esperado. Falta un guión contundente, aderezado con ciertos ingredientes olvidados por los dramatizados del patio, como la pasión desmedida, el  odio, las envidias convincentes, y los conflictos internos de la personalidad. Desde cuándo las propuestas criollas dejaron de paralizar a la audiencia cubana como un día lo hiciera Tierra Brava. Los espectadores extrañan su Sol de Batey, porque, lamentablemente, hemos caído en las historias superfluas e intrascendentes…

A estos personajes les falta fuego, chispa, enganche entre los públicos. Todos hablan de Norma (Gloria Pires) y de su amor enfermizo por Leonardo, pero nuestras Tierras de Fuego pasarán por la Tele sin saber que pasaron, como diría una colega del sitio Cubadebate.

El problema de los dramatizados en Cuba está en los guiones. Existen buenos directores, actores y actrices. Rostros frescos y atractivos, pero no tienen nada interesante que decir.

En este caso, Ángel Luis Martínez, guionista principal, mantiene una buena trayectoria en el medio radial, los conocimos por sus excelentes trabajos en la CMHW antes de partir para la capital, pero todavía le falta pulirse en el lenguaje del audiovisual.

Tal vez, los encargados de hacerlo no han sabido buscar bien, porque en el país sobra talento. Por otro lado, los guiones no se pagan bien y ese es un problema a resolver si anhelan producir espacios de mejor factura.

La televisión cubana tiene que encontrar su sello, sin copiar el estilo semisuicida de los culebrones mexicano, ni el desenfado de las historias de Copacabanas. Aquí también hay vidas interesantes, además, existen sentimientos universales como el odio, el amor, los celos, solo se precisa de un cerebro que mezcle los ingredientes de oro.

Si no queda de otra, habrá que invocar el espíritu de Félix B Caignet para que ponga su granito de arena y permita la cocción de esta telenovela anhelada, que también tiene el derecho de nacer.

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