DEL CHIVO AL FRAUDE ORGANIZADO

Caricatura Martirena

Caricatura Martirena

Para muchos estudiantes, el chivo dejó de ser el macho joven de la cabra. Tomó forma incorpórea y devino salvación en la etapa de exámenes. Oculto en papeles, gomas, reglas… berrea el conocimiento a los alumnos en apuros, esos que nunca llegarán a aprender con exactitud la materia evaluada.

Algunos estudiantes llegan a las pruebas convertidos en verdaderos periódicos humanos al transcribir en su piel las partes más importante de los libros de texto. Al final, obtendrán la nota que desean, pero pasarán por la escuela sin saber que pasaron.

El fenómeno de los chivos tiene años de historia y constituye solo la punta del iceberg de un problema tan complejo como el fraude escolar.

El asunto nada tiene de nuevo y muchos profesionales maduros cuentan con jocosidad algunas de sus incursiones en la fijadera masiva del año tal, cuando la profesora X se quedó dormida en el aula.

Antes, aparecían manifestaciones esporádicas, localizadas. Los protagonistas eran jóvenes que se aventuraban a infringir la autoridad del maestro.

Ahora, el asunto toma otros niveles, pues hasta ciertos padres se convierten en copartícipes de comportamientos fraudulentos.

El pasado curso la noticia corrió como la pólvora: se habían filtrado las pruebas finales de noveno grado. Los rumores hablaban de precios, pues, según las malas y buenas lenguas, el paquete de prueba (incluía más de una materia a evaluar) se vendía en el mercado negro.

Existen personas de todo tipo, entre ellas las que gustan de lucrar con el futuro de los jóvenes, porque la nota de una prueba final puede decidir el acceso al preuniversitario. Sin embargo, no sé cómo catalogar a esos padres que desembolsaron dinero para comprarles los conocimientos a sus hijos.

Nadie puede cegarse ante la realidad. En muchos lugares las clases no se imparten con la calidad requerida, pero nada justifica el fraude. Si la maestra del niño no trabaja bien, dígalo en los lugares correspondientes, ponga una queja formal, cámbielo de grupo y si le sobra el dinero, contrate un repasador particular.

Ahora, si su hijo no tiene el coeficiente intelectual de Einstein, confórmese con la inteligencia que le dio natura, porque todo el mundo no puede aspirar a la universidad.

Hasta aquí una parte del asunto. Del otro lado del fenómeno se encuentran los trabajadores del sector educativo.

En las escuelas de hoy, contamos con buenos y malos maestros. En ocasiones, el fraude transita por caminos bien sutiles. Le falta transparencia a la educadora que consciente en demasía a uno de sus alumnos a cambio de regalías. Por otro lado están los que repasan solo los objetivos a comprobar y luego reproducen ejercicios idénticos a los que se imprimen en los exámenes. También es fraudulento el profesor que se hace de la vista gorda para que sus alumnos se fijen en una pregunta escrita.

¿Acaso estos profesionales olvidaron la Resolución Ministerial No 120 del 2009 que regula la evaluación escolar?

Los trabajos prácticos ocupan otro apartado dentro del problema. Para su confección la mayoría de los padres copian los artículos de la Encarta o Wikipedia y eso, por si no lo saben, se llama plagio.

En el caso de la famosa filtración del pasado año, la noticia llegó a la propia Dirección provincial de Educación un día antes de aplicar las pruebas de Física e Historia. Estos exámenes finales se confeccionan a nivel provincial. Esperanza González Barceló, quien lidera el sector en la provincia explicó que de inmediato llamaron al Ministerio y confeccionaron otros.

Se hicieron fuertes análisis, pero nunca lograron descubrir el punto de fractura y según contó Esperanza, jamás apareció el responsable.

La Dirección de Educación en la provincia aseguró que no tendrán contemplaciones con quienes incurran en este delito, el cual conlleva, en primer lugar, a la separación definitiva del sector. Luego, el implicado queda a disposición de la Fiscalía. Para estos casos la ley contempla sanciones que van desde multas de 200 a 500 cuotas hasta la privación de libertad por 3 meses o un año.

El fraude académico no puede tomar dimensiones escandalosas y la ley tiene que encargarse de poner el freno.

A las instituciones educacionales le toca resolver una parte del problema, pero los padres también tienen su cuota de responsabilidad. Ellos no pueden equivocarse de ese modo en la formación de sus hijos porque al  final, la vida les pasará cuentas.

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