BESAR EL CIELO

Fotos: Carolina Vilches

Fotos: Carolina Vilches

Tenía unos dientes grandísimos. Casi no cabían en su boca. Siempre intentaba tener los labios sellados y evitaba sonreír. A veces, las carcajadas llegaban de repente y explotaban en un gesto de espontaneidad. Luego se llevaba las manos a la cara, como si una pena desmedida le inundara el rostro.

Cada visita al dentista le erizaba los pelos. El doctor tenía cierto aire de misterio. Permanecía serio ante un sillón al que le salían brazos elásticos. Esos tentáculos devoraban dientes. La primera vez la engañaron con el cuento de la fresita. Lejos de encontrarse con la fruta roja del refresco Toki, apareció ante su vista una máquina asesina, capaz de taladrarlo todo.

En una ocasión intentaron atragantarla con un molde infernal que colocaron en su boca para hacerle la impresión. Luego se divertía con la imagen en yeso de sus propios dientes.

Los aparatos dentales le causaban pánico. En la escuela casi no podía hablar. De repente se tornó más española que nunca y notó que el Zzzapato le salía con el mismísimo acento de Cristóbal Colón.

Para un niño común ningún dolor puede compararse con el que produce ese aro de metal que intenta doblegar a toda costa la desobediencia de los dientes. «No se los puede quitar ni para dormir» ladraba el doctor después de quejarse de los escasos progresos.

Aquellos incisivos se tornaban rebeldes, tanto como la niña de pelo riso que se negaba a aceptar cualquier respuesta ligera. Por la noche sacaba la cajita de caramelo que le habían regalado. Guardaba la mordaza de aluminio y dormía como un bebé.

En la mañana devoraba hasta la última gota de leche antes de ir a la escuela. Mientras los números desfilaban por la pizarra, ella imaginaba princesas y cuentos con final feliz.

Papá venía a recogerla temprano. Tenía una imagen demasiado desgarbada para la treintena de sus años. Los ojos parecían dos perlas verdes gigantes. En un año la barriga se le desinfló como los globos, pero en cámara lenta.

Cuando llegaba a la casa soltaba el invento de mochila y corría para su lugar preferido. Allí estaba, impetuosa, inmensa.

Parecía un camello del lejano Oriente. Cada curva le provocaba una cosquillita increíble en el estómago.

Subía con cuidado cada escalón. ¡Qué alto! Podía tocar las nubes con sus manos. Se sentaba. Abría las piernas y dejaba que la fuerza de gravedad hiciera el resto. En unos segundos llegaba al final. Se frotaba las manos y volvía a escalar.

Reía con emoción. El viento le aprisionaba los risos contra la frente. No le importaba nada, ni los aparatos, ni la imagen espantosa de sus dientes gigantes.

Abría los brazos. Se deslizaba. Cada vez que subía la escalera sentía que podía besar el cielo. Cerraba los ojos. Se dejaba llevar.

«¡A comeeeeeeeer!» Se oía a lo lejos y corría hasta la casa. Allí la abuela se las ingeniaba ante el fogón para complacer las monerías de la nieta flacucha.

En dos cucharadas engullía cierta receta de mortadella líquida que tomó fama en los años del período especial. Pero a aquella niña no le interesaban las cifras del PIB y mucho menos entendía las consecuencias de la caída del socialismo mundial.

En su mente la imagen de la canal se dibujaba. Quería volver a sentir la emoción, el saltico en el estómago. Quería alcanzar el cielo. Besar las nubes. Dejarse llevar.

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