ASÍ DE GRANDE

padre-e-hija (1)Inmenso. Así lucía papá cuando llegaba del trabajo. Dejaba a un lado la vieja maleta negra para abrirme los brazos. Como bailarina a punto de realizar un salto inigualable me lanzaba hacia él. Entonces me zarandeaba por el aire y reía. Reía como una loca. Explotaba de felicidad.
No recuerdo regaños. Siempre estaba ahí. Con esos ojos verdes que parecían lunas de esmeraldas. Me corría por toda la casa con la cuchara en la mano. Al final el avioncito llegaba al aeropuerto de mi boca después de recorrer kilómetros desde la cocina hasta la sala.
Me encantaba salir con él. Visitar a la abuela en los edificios. Cuatro torres se levantaban ante mí como piezas de dominó. Enseguida me le escapaba. Nunca faltaba la perreta a la hora de irnos.
De regreso me montaba en la parrilla de la bicicleta. Abría los brazos. Cerraba los ojos. Desafiaba el viento. Podía volar.
Han pasado tantos años. Pero él no cambia. Le sobran sentimientos, entrega.
Solo lo he visto llorar una vez: el día que su hija tomó en sus manos el diploma de licenciada. Estaba tan orgulloso. Tenía una hija periodista.
Ahí está, mitad padre, mitad amigo. El que siempre me da la razón, aun cuando me faltan argumentos.
Quisiera verlo viejito. Tenerlo para siempre. Hacerle el aviocito cuando los años lo conviertan en niño otra vez.
Así es mi padre, inmenso. Un gigante de emociones. El color de la familia. El que siempre ha estado. El gruñón más tierno del mundo.
El que no pide nada y lo da todo. Así es mi padre. Un hombre inmenso.

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